Durante un par de meses he manejado la camioneta de mi papá porque choqué mi carro en una autopista. El carro sigue en el taller y se me complicaba el transporte luego de empezar las clases en la universidad.
Manejar esa camioneta tiene sus toques pintorescos. El aire acondicionado no funciona y la radio no le funciona el botón para el volumen. La mayoría de mis viajes los hago sin radio y con las ventanas abiertas para que entre algo de brisa. Con estas características, experimenté algo que llevas meses que no había ocurrido.
Aunque no lo haga muy seguido, me gusta apagar la radio de mi carro y quedarme en silencio. Sin música, ni locutores de radio, ni podcasts, ni audiolibros. El único sonido es el del motor y la calle. Lo que parece un silencio abismal, tiende a ser menos de lo que pensamos. En un par de minutos, la mente sube su volumen; surgen pensamientos, recuerdos, comentarios, que nunca oiría si dejara la radio encendida. Dejo que las ideas tomen su propio camino.
Para algunos, este ejercicio puede sonar ideal para un estado depresivo o triste. En mi caso, no lo asocio con ninguno de los anteriores. Cuando apago la radio, escucho mi mente. dejo que las ideas surjan y resuelvo problemas del día a día con facilidad. Me permite pensar mis acciones antes de hacerlas. Cuando me toca escribir un ensayo, ya tengo una idea que he trabajado en mi mente en vez de empezar en frío. En mi recorrido matutino a la universidad, hago un itinerario mental sobre la logística del día. Ese tiempo en el carro se convierte en una sala de planificación y estrategia.
El carro no es el único lugar para hacer un ejercicio de este tipo. Les seré sincero: cuando me senté a escribir esto, no tenía la menor idea del tema. Así que apliqué una estrategia similar a la de apagar la radio: me dediqué a colorear en mi iPad por unos minutos. Sin música, ni podcasts, ni audiolibros. La idea empezó a concretarse, dejé de colorear y empecé a hacer el primer borrador de este artículo.
Cuando estamos agobiados de tantas actividades, solemos pensar y actuar al mismo tiempo. Es decir, no nos preparamos con antelación para las responsabilidades del día. Está bien querer mantenerse presente. Desde que medito, soy el primero en defender la idea de mantener nuestra mente en la actividad que estamos realizando en el momento. Sin embargo, hay actividades mecánicas en las que podemos aprovechar para planificar nuestro futuro. Hablo de futuro en minúscula. Si tan solo pensamos el día antes sobre nuestras actividades para prevenir frustraciones, nuestra mente se dirige hacia objetivos concretos.
Pensar con antelación nos puede ayudar a trabajar con fluidez. Si permitimos que el inconsciente trabaje a nuestro favor, podemos tener mejores ideas y resultados en nuestras actividades. En este sentido, estamos siendo creativos porque resolvemos pequeñas situaciones del día a día.
Para que podamos pensar, hay que acostumbrarnos un poco a sentirnos aburridos. Todos hemos estado en una cola para pagar, tomamos el teléfono y jugamos algo. Soy de los primeros que se aburre en una cola y resisto la idea de distraerme con el teléfono. Nuestra mente pide estímulos inmediatos porque lo hemos acostumbrado de esta manera. Si dejas que esa urgencia desaparezca, verás cómo la mente empieza a plantear diferentes ideas.
Y no solo sirve para prepararnos. También es necesario para reflexionar, comprender lo que nos está sucediendo y cómo podemos mejorar en un momento dado.
La próxima vez que estés en tu carro, apaga la radio. Deja que tu mente viaje por unos minutos. Puede que sea el ejercicio menos interesante que habrás escuchado, pero hay que aprender a aburrirnos. Acepta el silencio. Espera unos minutos para que escuches una voz que llevas mucho tiempo sin escuchar: tu mente.
¿Te gustó lo que leíste? Conviértete en Patreon.
Suscríbete a El Despacho Creativo, un boletín semanal para personas curiosas por la creatividad, la productividad y un estilo de vida que nos ayude a hacer el mejor trabajo posible.

Deja un comentario